Tyn Campos, fundadora de un centro de humanidades para todas las edades

"Los machitos con demasiado ego son los peores alumnos"

Aprender sin títulos

Confundir medios con fines es la primera causa de nuestra infelicidad y el centro de Tyn Campos deshace esa confusión, porque pone el dinero al servicio del mejor fin, que es aprender. Y porque prescinde de exámenes, notas y títulos, que son un mero medio que hemos convertido, doy fe como profesor universitario, en un perverso objetivo, dando así la razón a los patanes que creen que la razón de estudiar es «tener un título» y que, encima, pueden comprarlo. Por eso, resulta refrescante encontrarse ahora con un puñado de estudiosas como Tyn, que hace 40 años que apuestan por el placer del conocimiento como fin en sí mismo a cualquier edad.

Tuvimos una alumna ya de cincuenta y pico que, después de un curso de Filosofía y otro de Psicología, decidió separarse…

¿Por qué?
«Es que mi marido -nos dijo- está a medio hacer».
Todo aprendizaje transforma.
En cambio, otras señoras y señores han decidido rehacer su relación con su pareja o sus hijos después de asistir a ciclos sobre Sócrates o Freud. Y es que para empezar siempre empezamos por recordar a Platón: «Saber para vivir y vivir para saber».
Eso es La Contra.
Y, como aquí no damos titulitos, vienen sólo a aprender y se nota, porque lo que aprenden cambia su vida y la de los suyos.

¿Cómo?
Un día un chaval vino a clase y me soltó: «Mi madre es alumna de Filosofía y no sé qué le habéis hecho aquí, pero esta mañana, en lugar de decirme: ‘Péinate’ como siempre, ¡hemos tenido una conversación sobre la vida!»

Eso es mejor que muchos diplomas.
Aquí invitamos a todos a que piensen y se repiensen para vivir mejor.

También cobran ustedes por enseñar.
Durante cuarenta años han pasado por aquí y, sí, han pagado sus clases, más de 12.000 alumnos. Algunos han hecho esfuerzos considerables para abonarlas, pero creo que ha redundado en su aprovechamiento.

También hay universidades públicas para todas las edades.
Y me parece estupendo. De hecho, nosotros nacimos precisamente para responder a esa necesidad creciente de conocimiento a las edades en las que no se suele ir a la universidad, para la que no había oferta pública.

¿Y qué ofrecen ustedes ahora?
Pues que podemos decidir con los alumnos, que son muy exigentes, qué profesores nos interesan y cuáles no. No estamos constreñidos tampoco, como los centros públicos, por categorías funcionariales ni por derechos adquiridos ni otras rigideces. Aquí el profe que gusta, repite; y el que no, no.

¡Gran incentivo para el docente!
Ainaud de Lasarte siempre repetía que este era el único sitio donde hablaba como le apetecía; el biólogo Joan Oró también disfrutaba con las preguntas del alumnado; como el politólogo Joan Subirats, quien en 1974 tuvo que advertirnos: «En estos momentos quiero que sepan que en esta clase estamos haciendo algo que no es legal».

Buen claustro.
Baltasar Porcel nos dio una lección magistral en Andratx, frente a su Mediterráneo; Màrius Carol fue muy celebrado con sus conferencias sobre la monarquía y el filósofo Ruiz-Domènec se negó a cobrar…

¡…!
…Me advirtió que antes quería cerciorarse de que los alumnos podían seguir su disertación. Si no eran capaces, se iría. Y advirtió con gravedad: «No pienso bajar mi nivel».

Una advertencia leal.
Y aún nos da clases. ¿Quiere que ahora le haga yo una pregunta filosófica?

Es mi trabajo.
¿Somos un cuerpo o tenemos un cuerpo?

¿…?
Es una de las que nos plantean en el aula, donde también han venido muchos políticos y líderes de opinión.

¿En sus clases también tienen al empollón, el pelota, el graciosillo, el ligón…?
Hay de todo como en todas partes. Pero resulta molesto sobre todo quien, con la excusa de hacer una pregunta, nos ilustra sobre sus muchos saberes y se alarga hasta dejar a los demás y al profesor sin tiempo.

¡Horror! ¡El plasta!
Suelen ser machitos con mucho ego. Afortunadamente, si se pasan, acaban siendo abucheados y llamados a capítulo por el resto del estudiantado.

Inteligencia colectiva: ¿Y los mejores?Diría que hay algunas mujeres tan listas que han sabido hacerse las tontas toda la vida.

El máximo grado del talento.
Una muy querida por todos nos contó un día el chiste de la señora que se casa con un señor mayor y, cuando la amiga le pregunta por sus relaciones conyugales, responde: «En tratamiento: él trata y yo miento».
Veo que se divierten.
Aprender es gozar. Y el día que lo sepamos todo serà porque ya estaremos muertos.
El cerebro es plástico a cualquier edad: cuanto más le pides, más te concede.
Por eso, además, organizamos viajes didácticos. Son parte de la enseñanza: viajes de autor. Llevamos un personaje sabio que lo planifica y le da dimensión. No son vacaciones.

Suena mejor que unas vacaciones.
Hemos discutido con la policía religiosa en Teherán; viajado 14 horas contra reloj por la selva en Kenia; peleado con el guía marroquí que no quería tratar con una mujer líder: yo; polemizado sobre política en Cuba y al año siguiente en un kibutz israelí; y hemos estado de boda en Samarkanda…

Envidiable energía la suya.
También hemos viajado por España: del Jerte a Santiago. Porque no somos turistas; somos viajeros. Y el conocimiento es el mejor camino hacia el entendimiento.

Fuente: La Vanguardia

Theodore Zeldin, doctor en Historia «Una sonrisa de complicidad es un regalo»

"Una sonrisa de complicidad es un regalo"
El antiguo decano del St. Anthony College de Oxford está considerado una de las 40 personas cuyas ideas tendrán una influencia perdurable en el nuevo milenio (Independent on Sunday). Tiene la Legión de Honor y la Orden del Imperio Británico. Y tanto Historia íntima de la humanidad como Conversación (publicados por Plataforma) han sido traducidos a 24 lenguas. Basa el estudio de la historia en lo cotidiano (cómo comemos, amamos, rezamos, matamos…) y halla el valor y la creatividad de la humanidad en sus conversaciones. Ha conversado con mujeres de 18 países sobre sus deseos y sus miedos, con políticos, gente sin hogar… Hoy organiza conversaciones en 12 países.
No tener nada que decir, ¿es algo que también le ocurre a usted?

Muchas veces, de hecho vivo rodeado de campos, en silencio, con frecuencia no hablo durante días.

¿Y en qué piensa?
Reflexiono sobre la experiencia humana, y por eso me considero historiador y no filósofo. Me centro en cómo aman, cómo temen, cómo se interesan por los demás las personas a lo largo de la historia.

¿Es algo cambiante?
Sí. En los libros antiguos se habla sobre todo de comida, relaciones comerciales y religión. Después empezamos a hablar de nosotros mismos.

¿Necesidad de reconocimiento?
Se extendió la idea de recibir aplausos, y así la retórica se convirtió en un arma de guerra que se enseñaba a los poderosos en las escuelas. Ganar una discusión se convirtió en un sustituto de descubrir la verdad.

Una pena.
Sí, en la vida hay cosas mucho más interesantes que sacarle brillo a la armadura. De hecho, los humanos hemos cambiado el mundo en muchas ocasiones al variar la manera de mantener nuestras conversaciones.

Cuénteme qué es conversar.
Es descubrir qué tiene la otra persona en la cabeza, algo que a menudo ni ella misma sabe, y es la base de la relación humana. Cuando dos mentes se encuentran, no sólo intercambian hechos, se remodelan, cambian. Incluso llegan a cambiar el mundo.

Usted ha hablado con intelectuales, jefes de gobierno y gente sin hogar.
Lo que más necesitamos las personas es que nos escuchen. Hablé durante dos horas con un hombre que había escapado de la cárcel en Irán y llevaba cinco años refugiado en Inglaterra. Me dijo que era la primera conversación que mantenía en cinco años.

Inquietante.
He conversado con más de 70 personas sin hogar. Cada uno de ellos había perdido algo: el trabajo, la familia, su hogar o habían estado en prisión, y como resultado de todo ello se habían convertido en nadie.

Nadie para nadie.
Es importante hablar con personas a las que no les queda nada. «No os olvidéis de la hospitalidad, dice la Biblia, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

Las conversaciones suelen ser superficiales.
No son esas las que pueden transformarte. Las conversaciones tienen que ser valientes, fecundas, una aventura. Yo suelo iniciarlas preguntando cómo han cambiado las prioridades a lo largo de su vida.

¿La curiosidad es la clave de la libertad?
La curiosidad es la respuesta al miedo. Cuando eres curioso olvidas el miedo, y así, de alguna manera, descubres la libertad.

¿Y qué es la libertad?
Antes que un derecho es una capacidad, una habilidad.

¿Qué nos esclaviza?
El trabajo consiste en vender y comprar tiempo. Trabajamos porque necesitamos dinero, somos esclavos a tiempo parcial.

No todo trabajo esclaviza.
Todo trabajo que no haga de ti una persona mejor esclaviza. El trabajo no se inventó para hacernos mejores, pero el cargo nos hace creer que somos amo y mejores que otros.

A usted, ¿qué le ha emocionado?
Encontrar a mi esposa. Es de la relación entre dos personas de donde surge la emoción y la creatividad. Cada vez que conozco a alguien aprendo algo, incluso de las personas que no me gustan. Se trata de mirar más allá de lo que te disgusta.

Lo que importa es el valor, dice usted.
Algunos dicen que estamos en este mundo para realizarnos completamente, yo creo que estamos llenos de cosas inadecuadas y que ser nosotros mismos, ser auténticos, no es suficiente.

¿Y el consabido «conócete a ti mismo»?
Yo creo que has de descubrir lo que hay fuera de ti. Yo he recorrido el mundo para encontrarme con las personas, y eso es mucho más interesante que yo mismo.

Dostoyevski decía que no importa lo que diga la gente, sólo cómo ríen.
La risa significa que aplicas tu propio criterio, y a la vez que no te tomas demasiado en serio y por tanto estás abierto a que otros entren en tus conversaciones internas. El propósito del humor es descubrir la verdad, y una sonrisa de complicidad es un regalo.

¿Cuál es el mal del ser humano de hoy?
La crueldad. Estamos tirando bombas a personas que no conocemos, con frecuencia inocentes: viejos, madres y niños. ¿Cómo es posible no sentir congoja, no reaccionar, cuando vemos por la televisión a personas que lo han perdido todo?

Entonces el mal es la indolencia.
Es la ignorancia sobre las otras personas. No reconocer lo que significa sobrevivir a una bomba que ha arrasado tu mundo.

No pensamos mucho.
Es una de las cosas que temen las personas: pensar. Preferimos vivir entretenidos, y así entregamos nuestro poder.

Fuente: La Vanguardia